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Antequera es uno de esos lugares que te sorprenderá en cada esquina y no te dejará indiferente. Si quieres saber por qué considerar este lugar para tu próxima escapada, aquí te lo contamos. Encuentra grandes opciones y ofertas de hoteles en Antequera que harán tu estancia aún más especial.
Otro lugar imperdible es el Dolmen de Menga, un monumento megalítico que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Estos dólmenes, que datan del periodo neolítico, son de los más grandes y mejor conservados de Europa. La misteriosa atmósfera de estos antiguos sepulcros te transportará a otra época.
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Basta cruzar la puerta fortificada para sentir la historia a cielo abierto: la Alcazaba de Antequera domina la colina con murallas de piedra, torres que miran lejos y un silencio que solo rompe el viento.
Desde el primer tramo, las vistas se abren hacia la Vega, la Peña de los Enamorados y el caserío blanco, un paisaje que explica por qué este lugar fue clave durante siglos.
El recorrido invita a subir sin prisa hasta la Torre del Homenaje, asomarse a los adarves y distinguir, al fondo, la silueta de Santa María la Mayor. Paneles claros y pasarelas cómodas ayudan a imaginar la vida en tiempos de frontera: guardias en las almenas, puertas reforzadas, cisternas y rincones donde la piedra conserva marcas de otro tiempo.
La Alcazaba de Antequera es también un magnífico mirador, perfecto para fotografías al amanecer o cuando la tarde dora las fachadas y los tejados.
Para aprovechar la visita, calzado cómodo, agua y una pausa en el patio central bastan. Dedica unos minutos a contemplar la sierra, respira hondo y deja que la luz cambiante haga el resto.
Al bajar al centro histórico, la Alcazaba de Antequera queda en la memoria como una imagen nítida: patrimonio vivo, panorámicas amplias y un relato que se entiende con solo levantar la vista.
A los pies de la Peña de los Enamorados, el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera revela cómo la prehistoria dialoga con el paisaje: bloques ciclópeos, corredores de piedra y cámaras que orientan su mirada hacia montes, amaneceres y líneas naturales cargadas de sentido.
La visita comienza en un entorno sereno, con senderos claros y un centro de interpretación que sitúa cada monumento en su tiempo.
Dentro, la técnica sorprende tanto como la escala. En el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera, Menga conduce a una cámara monumental alineada con la Peña; Viera, más sobrio, mira al sol naciente y traza un pasillo de luz preciso; El Romeral, con su falsa cúpula, crea una sensación casi hipnótica de profundidad.
Todo invita a caminar despacio, observar la textura de la roca y entender que aquí se construyó con astronomía, geografía y memoria.
Consejos prácticos: calzado cómodo para los caminos de tierra, agua en días calurosos y tiempo para detenerte en los miradores que conectan el conjunto con El Torcal y la vega.
Si te interesa la arqueología vivida a cielo abierto, saldrás con la certeza de que el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera une patrimonio, naturaleza y simbolismo en una experiencia difícil de olvidar.
Sube la cuesta despacio y, de pronto, la Real Colegiata de Santa María la Mayor aparece como un telón de piedra que ordena el paisaje de Antequera.
La fachada renacentista, amplia y solemne, combina pilastras, arcos de medio punto y un frontón que recorta el cielo; el atrio funciona como gran antesala para apreciar proporciones, relieves y el diálogo con la ladera y la alcazaba cercana.
En el interior, la escala sorprende: tres naves diáfanas, luz alta que cae sobre cornisas y capiteles, y una acústica que multiplica la sensación de espacio. Retablos, rejas y detalles escultóricos cuentan el papel cívico y religioso del templo, mientras la arquitectura mantiene una sobriedad elegante.
Detente en el coro, sigue la trama de las bóvedas y busca los juegos de sombra que cambian a lo largo del día; en cada ángulo, la Real Colegiata de Santa María la Mayor ofrece una lectura nueva.
Para completar la experiencia, rodea el perímetro y sitúa el edificio en el relieve de la Vega: entenderás cómo su volumen organiza vistas y recorridos. Síntesis clara del Renacimiento andaluz, la Real Colegiata de Santa María la Mayor deja una imagen precisa de piedra, luz y equilibrio que fija la memoria del viajero.
Sobre la ladera que desciende hacia el casco antiguo, la Iglesia del Carmen irrumpe con una fachada barroca de ladrillo y balcones enmarcados, anunciando un interior sorprendente.
El acceso prepara la mirada: portada con movimiento, torre esbelta y un atrio que ofrece la distancia justa para apreciar proporciones y relieves. En días claros, la luz realza los volúmenes y dibuja sombras que adelantan el lenguaje decorativo del templo.
Dentro espera una de las joyas artísticas de Antequera: yeserías barrocas que trepan por bóvedas y muros, retablos dorados de talla minuciosa y una nave que conduce la vista hasta el presbiterio como si fuese un escenario.
La Iglesia del Carmen combina exuberancia y equilibrio; cada capilla custodia imágenes de gran devoción y detalles que recompensan al visitante atento, desde policromías delicadas hasta rejas trabajadas con primor. La acústica, cálida y envolvente, potencia coros y música sacra.
Para completar la experiencia, conviene rodear el conjunto y asomarse a los miradores vecinos, donde la ciudad se escalona en tejados y campanarios.
Patrimonio, paisaje y artes decorativas se dan la mano en la Iglesia del Carmen, un templo que brilla por su teatralidad barroca y por la serenidad que deja en quien se detiene a contemplarlo.
Bajo los arcos del antiguo Palacio de Nájera, el Museo de la Ciudad de Antequera despliega un recorrido claro y muy visual por la historia local.
El patio renacentista actúa como antesala luminosa y, desde ahí, las salas se organizan en secuencias que conectan prehistoria, mundo romano, medievo y Edad Moderna con piezas bien explicadas: cerámicas, relieves, mosaicos, pintura, escultura y artes decorativas que ayudan a leer la ciudad con otros ojos.
La sección arqueológica destaca por el diálogo entre objetos y territorio: ajuares, inscripciones y materiales que muestran la importancia de la vega y de las rutas que cruzaron estas tierras.
Más adelante, el arte sacro reúne retablos, orfebrería y tallas de gran calidad, mientras vitrinas dedicadas a la vida cotidiana revelan oficios, indumentaria y documentos claves.
En todo momento, el Museo de la Ciudad de Antequera combina paneles concisos con una iluminación cuidada que favorece la contemplación sin prisas.
Cierra el recorrido con la maqueta urbana y algunas vistas desde el propio patio, perfectas para ubicar templos, palacios y miradores del entorno. Con su equilibrio entre rigor y cercanía, el Museo de la Ciudad de Antequera se convierte en punto de partida ideal para entender el patrimonio antequerano y disfrutarlo con una perspectiva más completa.
Bajo el cielo amplio de la vega, la Plaza de Toros de Antequera aparece como un anillo de cal y sombra que ordena el paisaje con sus arcos, su puerta principal y el albero dorado.
Un breve paseo alrededor basta para apreciar la simetría de las galerías, el juego de luz en los tendidos y la elegancia sobria de un coso andaluz pensado para reunir a todo un pueblo.
Por dentro, la escena se vuelve íntima: gradas cercanas al ruedo, pasillos que huelen a madera y un patio de caballos que conserva carácter.
En temporada, el recinto acoge espectáculos y actividades culturales que aprovechan su acústica y su geometría; fuera de cartel, el silencio permite fijarse en detalles de rejería, taquillas y corredores.
La Plaza de Toros de Antequera funciona así como lugar de encuentro y como pieza arquitectónica que cuenta la historia local sin necesidad de demasiadas palabras.
Consejo práctico: llega con tiempo para rodearla, busca encuadres desde las esquinas y, si es posible, entra cuando haya visitas abiertas. La luz de primera hora y la del atardecer regalan fotografías limpias, con el albero en tonos miel. A la memoria se va una estampa clara y serena, protagonizada por la Plaza de Toros de Antequera.
Pocos paisajes sorprenden tanto como el Paraje Natural Torcal de Antequera cuando la luz roza sus piedras labradas por el tiempo.
A cada paso aparecen pasillos de roca, cuevas pequeñas y formas caprichosas —torres, setas, murallas— que hacen del paseo una experiencia casi escultórica. El viento, la niebla y los silencios del llano alto ponen la banda sonora perfecta para caminar sin prisa y mirar con detalle.
Los senderos señalizados —de dificultad variable— permiten elegir: rutas cortas para una primera toma de contacto o itinerarios más amplios para perderse entre lapiaz y dolinas.
En los miradores, el horizonte se abre hacia la vega y las sierras cercanas; con suerte, asoman cabras montesas y aves rapaces sobrevolando las crestas. En días despejados, la nitidez del cielo invita a quedarse hasta la tarde y entender por qué el Paraje Natural Torcal de Antequera es también un lugar privilegiado para la observación astronómica.
Lleva calzado con buen agarre y agua; en la cumbre refresca incluso en verano. Dedica unos minutos en el centro de visitantes a escoger el recorrido que mejor encaje contigo y sal con un mapa. Con ese mínimo, el Paraje Natural Torcal de Antequera se disfruta a otro ritmo: piedra y cielo en equilibrio, un silencio amable y una amplitud que permanece mucho después.
Justo en el corazón histórico de Antequera, la Iglesia de San Sebastián se presenta con una fachada elegante y una torre esbelta que marca el ritmo de la plaza.
El exterior combina líneas sobrias con detalles barrocos en portadas y cornisas, mientras el reloj y las campanas ponen banda sonora al día. El acceso por el atrio permite ganar perspectiva, mirar la vertical del campanario y apreciar cómo el templo dialoga con los edificios que lo rodean.
Dentro, la luz entra alta y templada, resaltando capillas laterales, retablos dorados y una nave central que conduce la mirada hacia el presbiterio.
La Iglesia de San Sebastián guarda imágenes de gran devoción, buenas tallas procesionales y piezas de orfebrería que hablan del oficio de los talleres locales. Si te gusta fijarte en los detalles, busca las tracerías, los relieves discretos de las columnas y el trabajo de rejería que protege algunas capillas; cada elemento aporta una nota distinta al conjunto.
Completa la visita con un paseo alrededor del templo para descubrir perspectivas nuevas desde la plaza y las calles contiguas.
Con su mezcla de sobriedad y brillo litúrgico, la Iglesia de San Sebastián resume muy bien el carácter monumental de Antequera y se integra con naturalidad en cualquier ruta por el casco antiguo.
Quien se adentra en el casco antiguo encuentra un remanso de calma tras los muros del Convento de las Descalzas: fachada sobria, portada de piedra con aire barroco y un atrio pequeño que invita a bajar la voz.
El entorno, con casas encaladas y calles estrechas, prepara la mirada para un conjunto que ha mantenido la vida de clausura durante siglos y conserva ese aroma de historia bien guardada.
En el interior de la iglesia, la luz cae alta sobre yeserías, retablos dorados y un coro que asoma tras la reja; detalles de azulejería, pequeñas hornacinas y pinturas devocionales componen un paisaje íntimo.
Fuera del ámbito litúrgico, el torno del Convento de las Descalzas recuerda la tradición repostera y el trabajo manual de las religiosas, parte de una economía discreta que sigue viva. La acústica templada y la proporción del espacio refuerzan esa sensación de recogimiento que distingue al conjunto.
Para apreciar el lugar con calma, conviene rodear el edificio, fijarse en la cantera de la portada y buscar la perspectiva desde la calle contigua.
Discreto, sereno y lleno de matices, el Convento de las Descalzas deja una estampa que perdura.
Un umbral de piedra marca el paso hacia la ladera monumental de Antequera: el Arco de los Gigantes. Levantado a finales del siglo XVI, su silueta de arco triunfal encaja con naturalidad entre la alcazaba y la Real Colegiata, como si custodiaran juntos la entrada a un escenario histórico.
Desde la plaza, la fachada se percibe amplia y proporcionada; acercarse permite descubrir la textura de la cantería y el juego de luz que recorre las molduras cuando el sol se inclina.
Fíjate en los escudos, en las inscripciones reutilizadas de época romana y en la sobriedad elegante del conjunto, pensado para impresionar sin exceso. Por su ubicación, conecta recorridos: un lado conduce a las murallas y al mirador sobre la Vega; el otro, a templos y calles empedradas que invitan a pasear con calma.
El Arco de los Gigantes es también un marco perfecto para fotografías, con perspectivas que cambian según la hora del día.
Si te gustan los monumentos que dialogan con su entorno, detente un momento bajo la bóveda, observa el horizonte y continúa la ruta hacia la alcazaba o la colegiata cercana. La presencia serena del Arco de los Gigantes resume bien el carácter de la ciudad: piedra, historia y un paisaje que se abre paso con naturalidad.
Antequera es una ciudad preciosa.Quedamos varios amigos que tenemos alli, y la verdad que genial. Tiene muchos bares de tapitas y la gente es muy amable. Eso si para aparcar por el centro es caótica. Muy recomendable para visitar.
La conozco hace tiempo, un pueblo tranquilo, bonito con cosas qe ver, sus habitantes campechano y agradables. Un buen pueblo para relajartd
Bonita ciudad. En los alrededores hay varios lugares para realizar bonitas excursiones, con lugares únicos.
Disfrutamos mucho durante nuestra visita a Antequera. Tiene muchos lugares monumentales además de preciosos espacios verdes como el Torcal. Sin duda alguna, lo aconsejo.
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Atención magnífica del recepcionista Antonio. En todo momento se preocupo de nuestro bienestar
Wifi regular
El hotel es sencillo y las habitaciones algo antiguas pero está muy limpio y tienen el bar abierto 24h, lo cual es perfecto si vas de viaje y llegas tarde o sales temprano. Las camas son muy cómodas
La habitación es simple y el baño necesita una renovación. Los accesorios son de plástico como un estante en el lavabo, que está quemado por colillas y reparado con pegamento. Pero estaba limpio.
El servicio de limpieza
El secador y la nevera no funcionaban
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Antequera nos ha sorprendido por toda su riqueza cultural, desde los dólmenes, el Torcal y la ciudad en si que es preciosa. Muy recomendable